Sentido Literal

El último error

Sus dedos empapados saben aún a ambrosía. Las sábanas yacen inmóviles en el suelo: cadáveres de lo que anoche fuera un mar bravío.
Voltea a verla, sabiendo que será la última vez, tal como lo sabía la vez anterior.
La ve dormir, más desnuda de culpas que de ropas, con el cuerpo delineado por el sol de la mañana, que extiende sus brazos desde el horizonte sólo para acariciarla.
¿Y quién no? ¿Quién no arrasaría el mundo de este a oeste apenas para alcanzar a rozar esa piel? Él sí lo haría. Y lo ha hecho.
Besa su propia mano y el sabor le inunda la boca. Los errores deberían ser amargos.
Vuelve a ponerse el anillo y sale sigiloso como un gato. No quiere despertarla. No quiere verla llorar.
Lo ha hecho por última vez. Y volverá a hacerlo.

Publicado el 18 de Marzo del 2014, por Juan Gagliardo

Huella

Todas mis palabras te las dedico. Aunque finja indiferencia, aunque pretenda no hacerlo, aunque no te las dedique.

Resulta que cambiaste mi mundo, y todo lo que haga de aquí en adelante, quiera o no, tendrá el vestigio de la huella que dejaste en mí, que no se borrará jamás. Por eso mismo, te dedico todas mis palabras. No porque te vayan dirigidas, sino porque tu influencia las dirige.

Publicado el 23 de Noviembre del 2013, por Juan Gagliardo

Aventura

Todos los nenes rompen sus juguetes, algunos con intención, otros sin querer. Es parte del juego. No estés triste por el juguete roto, sino por el que quedó intacto, que nunca conoció la aventura.

Publicado el 16 de Noviembre del 2013, por Juan Gagliardo

La despedida

Querida mía, hoy me perdiste.

No es por cobardía que me despido por carta, esto es lo que ganaste con tu desprecio.

Sucede que no somos más que un montón de palabras: las que decimos; las que alguien juntaría al hablar sobre nosotros; las que no conocemos; las que no nos dicen; las que callamos. Y acá estoy hoy, dejándote palabras. Nada más.

Fuiste mi mejor momento. Sí, lo fuiste. Me tuviste entero, pero te quedaste con un papel. Espero que eso te haga reflexionar. Fuiste para mí tan necesaria, como el café por las mañanas. Ahora tomo té en mis desayunos.

Eras conmigo tan fría como el acero que acaricia tu cuello, y entendí que ya no cambiarías, que es hora de seguir adelante. Mirando hacia atrás, recién ahora noto que, si alguna vez me amaste en estos años, realmente no se notó.

Ya lo sé, insistirás con que estoy loco, como siempre. Sí, lo sé, pero ya no trataré de convencerte. Cada uno tendrá su punto de vista. El mío, por supuesto, es el correcto.

Adentro del cajón hay dos llaves: una para el candado del grillete, y otra para las esposas. Vas a encontrar que la reja de adelante está abierta.

Publicado el 26 de Junio del 2013, por Juan Gagliardo

Lo que me gusta

Me gustan todas esas palabras, tan dulces, tan tuyas. Me gustan, especialmente, antes de descubrir que son mentiras.

Publicado el 21 de Junio del 2013, por Juan Gagliardo

La turba, la bestia y el miedo

La hoja hendió el aire una vez más, y acertó nuevamente, esta vez con más fuerza, en el cuello de la bestia, extinguiendo al fin su horrible chillido, otrora rugido escalofriante.

El campeón tomó la espada con ambas manos, y presionó un pié sobre el pecho del animal. Tuvo que halar largo rato para quitar su arma, hundida en el cuero. Cuando al fin consiguió arrancar el acero, se tambaleó y cayó torpemente hacia atrás. Nadie había intentado sostenerlo. La multitud los rodeaba de cerca, pero nadie se movió para ayudarlo. En cambio, avanzaron hacia la bestia, con pasos temerosos, mirando con asombro cómo caía abyecta.

—¿P-p… por qué? —balbuceó la bestia, y todos dieron un rápido paso atrás, dejando escapar el aliento.

—¡Es una bestia salvaje y peligrosa! —El campeón se abrió paso entre la multitud, blandiendo la espada, dispuesto a callarla para siempre.

—N-no les he… hecho nada. —Suspiró, escupió sangre, y siguió con dificultad—. No les hi… hice d-daño jamás.

Entre un cazador y dos granjeros, detuvieron al hombre iracundo, antes de que cumpliera su cometido. Los aldeanos, con culpa y vergüenza, levantaron a la bestia y la llevaron a la iglesia del pueblo. Estaba ya muy débil, pero logró sobrevivir a las heridas. El veterinario cuidó del animal y lo sanó. El pueblo entero le llevaba alimentos, y día a día mejoraba su estado.

Presenció doce amaneceres desde el lecho que le improvisaron frente al altar. Todas las mañanas despertaba con el rayo del sol, que atravesaba el rosetón de la fachada y le caía encima con más colores de los que reconocía. Y todas las tardes la visitaban unos cuantos hombres y algunas mujeres. Las últimas tardes la visitaron también los pequeños, que ya le habían perdido el miedo. Todos la acompañaban, la cuidaban, la alimentaban y, por sobre todo, la escuchaban. Escuchaban su historia, más amarga y triste cada vez que la contaba. La bestia les contaba sobre cómo se vio obligada a robar, a comer cosechas y animales con dueño. Los hombres habían arrasado con el bosque, ya no había dónde cazar, y tenía hambre, ya había muerto su familia, y seguía con hambre. Los corderos de los aldeanos se veían como una deliciosa alternativa a las pocas ratas que pudiera atrapar.

El único que no había ido a visitar a la bestia, era aquél que logró abatirla. Insistía en que debían matarla, que era aún un peligro. Todos habían ido a atacar al animal, la habían acorralado e intentaron matarla. Pero se habían perdonado mutuamente, y en aquel momento, la turba y la bestia, estaban en paz.

A la mañana siguiente, no vio la luz del sol caer en colores sobre sí. Y casi todos los hombres del pueblo, ya no verían el sol jamás.

La noche había sido suya. Era increíblemente sigilosa, a pesar de su tamaño. Entraba en silencio, y del mismo modo salía. No sabían que se había metido en sus casas, hasta que les mojaba la cara con la saliva que le goteaba del hocico, pero para ese entonces, ya era demasiado tarde. No alcanzaban a gritar. Los mataba tan rápido, que no les daba tiempo ni a sentir el penetrante hedor de su aliento.

La habían desplazado de su hogar, habían destruido el bosque. Sus crías murieron de hambre, e iba en camino a lo mismo. Apenas había robado un cordero y algunas verduras. Por eso, la habían perseguido con espadas, rastrillos, guadañas y antorchas, la habían acorralado e intentaron matarla. No son de fiar, las palabras de quien teme por su vida.

Publicado el 27 de Mayo del 2013, por Juan Gagliardo

La realidad

—Mirala, ahí está otra vez —Levantó la barbilla y le dedicó una mirada despectiva—. Devuelta con esa cara de boba, escuchando todo lo que él le dice.

—¿Cómo? —El hombre a su lado frunció el ceño y lo miró extrañado—. ¿No le dijiste todavía?

—Sí, sí le dije… pero no me cree. Se niega a aceptar que es un producto de su imaginación.

—Los locos nunca creen estarlo —añadió el otro hombre, casi como una sentencia.

Los dos se quedaron una largo rato mirándola. Siempre se la veía tan feliz cuando hablaba con él. Y cuando no hablaba con él, hablaba de él. Constantemente contaba sobre lo maravilloso que era, lo divertido, ingenioso, carismático. «Es un sueño, es el hombre que siempre quise —decía con frecuencia—, y yo soy lo que él siempre deseó, me lo dice siempre». «Claro —pensaban todos—, cómo no serían tan perfectos el uno para el otro, siendo un producto de su imaginación».

Pero ella nunca les hizo caso. Jamás escuchó razón. No podía aceptar que aquella relación no fuera real. No creía lo que le decían sobre la locura, las alucinaciones. Nada de aquello la hacía cambiar de parecer. Estaba obnubilada.

Y así, pasó sus años encerrada en aquél lugar, junto a él. Tan encerrada como ella se permitía. Su libertad la alejaría de todo lo que amaba, y eso la haría desaparecer. En el fondo lo sabía, pero no lo entendía realmente, ni lo aceptaba.

El paso del tiempo no los afectó por igual. La ilusión mantuvo la juventud y belleza del primer día. Ella nunca lo notó.

Al final, la muerte les llega a todos. Ella tuvo una vida larga y feliz. Falsa, pero feliz. Cada día de su vida era igual al primero. Igual de maravilloso, igual de divertido, igual de excitante. Hacia el final, él ya no era tan gracioso, y su encanto se había perdido años atrás. Ella, sin embargo, tan joven, radiante y hermosa como siempre, no dejó de admirarlo hasta el último instante.

Pobre ingenua, jamás había sentido tanto dolor en su vida, como en aquélla tarde trágica. Jamás había sentido dolor en su vida. Jamás había sentido. Ni había tenido vida.

No lo entendió nunca. Ella se veía a sí misma desaparecer entre los jadeos agonizantes de aquél viejo loco, pero jamás pudo comprender que alguien más pudiera estar imaginándola, que su vida entera era una ilusión, y su propia existencia, la causa de aquél largo encierro.

Publicado el 25 de Marzo del 2013, por Juan Gagliardo

Nuestros Diablos

Presionó con firmeza la última tanda de tabaco que metió en la cazoleta y se llevó la pipa a la boca. Lo había hecho ya tres veces desde que comenzó la charla, varias horas atrás.
Los dos sabíamos que la conversación llegaba a su inevitable final. Él lo esperaba y yo lo temía.

Se dio unos segundos para saborear su pipa, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada contra el alto respaldo del lúgubre sillón. Luego abrió los ojos, bajó la barbilla, se inclinó hacia adelante queriendo acercarse tanto como le fuera posible sin abandonar su asiento, apoyó la mano vacía en una rodilla y me clavó la mirada. Una mirada penetrante como ninguna otra.

Me señaló con la boquilla de la pipa y finalmente dejó escapar de su boca el humo que había estado saboreando.

―Usted me cae bien ―dijo el Diablo, mientras el humo que acababa de exhalar aún cubría su rostro―. Verá, no lo puedo eximir de sus culpas, pero voy a contarle un secreto: la realidad es que yo no existo.

Llevábamos horas hablando. Ahí estaba él delante mío. Podía verlo, podía olerlo, podía oírlo decir que no existía.

―Yo lo estoy viendo ―le dije, al tiempo que fruncí el ceño―, sé que está sentado ahí, sé que no lo estoy imaginando. Lo he visto hacer cosas imposibles. Sé que existe. Y si no existiera, ¿a quién le debo entonces?

Estalló en una carcajada con voz de barítono, sacudiendo los brazos peludos y tirándose nuevamente sobre el respaldo tapizado en cuero.

―A mí ―hizo una pausa para secar las lágrimas que se le escaparon por la risa―… Yo hice realidad todos esos imposibles. Me debe a mí. Sabía bien cuál era el trato. Me ensucié las manos y usted disfrutó las consecuencias, ahora es tiempo de pagar.

Se desvaneció la sonrisa de su rostro y volvió a señalarme con la pipa.

―Verá, señor, yo hice todas aquellas cosas por usted, porque usted no tenía el coraje. He venido hoy a cobrarle, tal como habíamos acordado ―extendió un poco más la pipa, como queriendo tocarme con ella―, porque los actos tienen consecuencias. Resulta que yo no existo… y esa, mi amigo, es una mala noticia para usted, porque aunque yo no exista, aquellas cosas que hice sí están hechas y usted aún tiene que pagar.

Se arrimó hasta el borde del asiento, levantó y extendió más el brazo, me arrimó la pipa hasta oír el tin del golpe de la boquilla contra el espejo que tenía delante.

Me acomodé nuevamente en el sillón y me llevé otra vez la pipa a la boca. Como temía, la conversación había llegado a su inevitable final.

Publicado el 19 de Diciembre del 2012, por Juan Gagliardo

El hijo feral de mi enemigo

Crece la noche y sigo acá.

El hijo feral de mi enemigo también sigue acá, conmigo, cumpliendo su promesa de esta tarde.

Está helando, pero él parece no sentirlo, o al menos lo disimula muy bien. Yo no.

No me apartó la vista de encima. Dijo que así sería, que al final yo estaría acabado a sus pies, agonizando, y él esperaría paciente a que se me acabe el aliento, pero debo admitir que lo subestimé en ese momento.

Es increíble la cantidad de horas que pudo quedarse ahí sentado, mirándome sin hacer nada. La paciencia nunca fue su mayor virtud. Todavía recuerdo cómo se enojaba cuando le contaba sus cuentos antes de dormir, y siempre insistía en querer saber el final antes de escuchar lo que pasaba en el medio. También lo recuerdo, ya con más años, discutiendo a gritos con su padre, exigiendo que los trabajos se terminen más rápido y sin titubeos. Siempre decía que cuando su padre muriera y él mandara, su lema sería “me das una problema, te doy una bala”.

Ya con mi hermano muerto y él al mando, algo como la masacre de esta tarde era previsible.

Publicado el 19 de Noviembre del 2012, por Juan Gagliardo

Una y otra vez

Llovía y nos miraban.
Llovía y escondías la cara.
Llovía y me abrazabas.
Llovía y nos perdimos.

Algo tan nimio acabó una amistad.
Sólo quedaba avanzar, ya no había nada detrás.

De aquel beso a esta parte, ya pasó demasiado.
Y siempre queda mucho por pasar.

Y una vez nos tuvimos que extrañar.
Las distancias fueron infinitas.

Entre errores y heridas abiertas,
el tiempo fue más cruel que nunca.

Los recuerdos no se borran.
Las pasiones aún se sienten.

Volviste y te eché.
Volviste y nos quedamos.

Lo dulce es más dulce ahora,
que ya probamos la amargura.

Sos todo lo que tengo.
Y lo que tengo, te lo entrego.

Te dedico mi tiempo, aunque nunca lo recupere.
De alguna forma, siempre lo devolvés.

Una vez te tuve.
Una vez te tuve que extrañar.
Todas las veces nos amamos.

Publicado el 16 de Noviembre del 2012, por Juan Gagliardo